El Fielato | OPINIÓN

Llerandi, el pueblo de las campanas

  • Si decimos que Llerandi es el pueblo de las campanas es porque su iglesia alberga nada menos que cuatro

 

Más de cuatro siglos lleva Llerandi festejando a sus dos muy queridos santos, Cosme y Damián.

Ya en el siglo XVI aparece documentada su antigua iglesia, la cual resistió las embestidas de la Historia hasta el pasado siglo, cuando quedó arrasada entre tantos otros horrores de la última guerra.

Otra nueva iglesia la sustituyó -hace 62 años- en el lugar al que llaman La Llomba el Trabe, lejos de la primera, como quien hace borrón y cuenta nueva con la Historia. Aquella parroquia que llegó a tener 585 habitantes hace un siglo y que se quedaron en la mitad sesenta años después, tiene en este momento 105 habitantes, entre Llerandi, Cividiellu y Priaes.

Si decimos que Llerandi es el pueblo de las campanas es porque su iglesia alberga nada menos que cuatro. Las dos que están en su campanario son bien recientes, pues sólo llevan allí doce años; pero las otras dos pasan por ser las decanas de todo el concejo de Parres. Casi cuatro siglos llevan siendo testigos de los aconteceres rurales de muchas generaciones de vecinos. Ellas mismas hacen saber desde su bronce que fueron fundidas en 1630, la una dedicada a San Cosme y la otra a su hermano San Damián. La primera muestra las heridas -en forma de pequeños agujeros- que le quedaron cuando se despedía de su antigua iglesia y, su hermana, tal parece que un rayo la hubiese abierto de arriba abajo. Así debieran quedar para siglos venideros, pero subiéndolas al campanario donde están sus adolescentes herederas. Aquéllas como símbolo y memoria de tiempos pasados, en silencio para siempre, y las otras ejerciendo la labor para el que fueron fundidas en 2002. Y es que los 384 años que tienen son muchos para que -cualquier día- pudieran “emigrar”, contra la voluntad de los vecinos, cosa no del todo improbable, dada su ubicación actual. Sería una pérdida imperdonable.

A esta fiesta de los santos patronos acudían cientos de peregrinos de todos los alrededores y otras localidades no tan cercanas, con el fin de darles las gracias por los favores recibidos o para pedirles ayuda en sus necesidades. Sobrada constancia queda también de cómo muchos -con el fin de mitigar sus migrañas y dolores de cabeza- metían la misma bajo el vaso de una de las campanas y daban un único golpe con el badajo; y es que -hasta algunos sordos- hacían lo mismo, con intención casi mágica. Creencias y supersticiones fueron muchos siglos de la mano y, aún hoy, cuesta trabajo creer que no se hayan divorciado del todo.

Hagamos memoria de la fiesta que llegó a durar hasta tres días y que tenía la única feria de ganado que había en el concejo; en la misa se ofrecían hasta cuatro ramos; se hacía quemar y explosionar un xigante y la comida campestre -tras la misa y la subasta de los ramos- llenaba los alrededores de la iglesia. Se daba así acogida a unas jornadas de amistad, familiaridad y descanso, después de tantos trabajos y sacrificios.

   Y, por último, agradecer públicamente por medio de estas líneas a la comisión de fiestas que -por primera vez- hayan incluido un pregón en el marco de las mismas, porque muchos pueblos pequeños albergan en su larga historia más asuntos noticiables que otros, hoy grandes e importantes. Que quien suscribe estas líneas haya sido el elegido para dar ese pregón, le ha motivado con sumo gusto a “bucear” en los archivos y documentos de lejanos tiempos de Llerandi y, así, poder resumir -en la vida de uno de sus desconocidos hijos de mediados del siglo XVIII- las vidas de tantos otros cientos de ellos que buscaron mejorar sus condiciones de existencia -algunas veces sin conseguirlo- pero sin olvidar sus raíces.

 

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