opinion | LUCIANO HEVIA NORIEGA

Farsa Magna

  • Convertida en una especie de alfa y omega legalista, la Constitución será el remedio y solución contra todos nuestros males y desvelos.
Luciano-Hevia-Noriega-opinion-elfilato Luaciano Hevia Noriega

La Constitución Española

 

En mi oficio de librero el inicio del curso académico se recibe con alborozo, por lo que tiene de paliativo para nuestra siempre menesterosa economía. Entre los muchos textos que suelen languidecer en los anaqueles el resto del año y que cobran vida en estas fechas se encuentra la Constitución, comprada con avidez por estudiantes de Derecho y opositores. Pero lo de este año excede cualquier precedente, supongo que al calor del desafío soberanista catalán.

Se trata de una buena noticia, al margen de lo estrictamente crematístico, ya que conviene informarse de aquello de lo que uno va a hablar dándoselas de experto. Que si hay que aplicar el 155, que si sería mejor el 116, que si delito de sedición, que si golpe de estado, que si proclamación de independencia o no, que si esto lo arreglaba yo en dos minutos… Todos nos hemos convertido en avezados constitucionalistas de barra de chigre, pero pocos nos hemos tomado la molestia de leer aquello sobre lo que pontificamos.

Quizá se deba a que nuestra Carta Magna está revestida de tal aureola de solemnidad que durante años se ha considerado casi herético poner en cuestión su razón de ser, como si de la zarza ardiente bíblica se tratara. Convertida en una especie de alfa y omega legalista, la Constitución será el remedio y solución contra todos nuestros males y desvelos.

Algunos extravagantes llevamos años desconfiando de un relato tan providencialista, con argumentos un tanto pedestres pero que dan que pensar. Por ejemplo, su datación: fue aprobada en 1978, hace ya casi 40 años y casi nada de lo que estaba de moda por aquel entonces ha resistido el inexorable paso del tiempo. O por su arraigo popular presente: más del 60% de los actuales votantes no pudimos refrendarla. Llevándolo a lo personal, en casa hay una foto de 1978 en la que aparezco montado en burro con mi padre. Entonces era un sonriente niño rubito tirando a guapo y ahora solo hay que verme: cuarentón, calvo y barrigón, ya solo mi madre defiende una belleza carcomida por los años.
Hay otras actitudes que invitan a la desconfianza, como la mantenida por los garantes de la sacrosanta integridad constitucional en 2011, cuando se aprestaron a realizar una reforma exprés de manera alevosa, modificando el ya tristemente célebre 135 al toque de corneta de Merkel y Obama y la cantinela de la estabilidad presupuestaria. O lo peculiar de un articulado que es de obligado cumplimiento o no según la materia a la que se refiera. ¿Derecho a una vivienda digna? Bueno, no nos pongamos estupendos. ¿Derecho al trabajo? No sea usted impertinente, hombre. ¿Y qué me dicen de “Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general”? No, improbable lector, no es Corea del Norte, ni Cuba, ni la República Bolivariana de Venezuela, sino el 128 de nuestra Consti, esa que fue consensuada por peligrosos bolcheviques como Roca, Fraga o Herrero de Miñón.

Por tanto, sin adanismos, ni revanchas, ni puestas en solfa o enmiendas a la totalidad de momentos históricos en los que seguramente se hizo lo que buenamente se pudo, creo que sí se puede afirmar que para los retos del siglo XXI nuestra Constitución es una mierda. Alguien tenía que decirlo.

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