Bruselas, Toraño y Covadonga

  • POR FRANCISCO JOSÉ ROZADA MARTÍNEZ
  • El que se considera hasta ahora el más antiguo documento escrito y específicamente dedicado a Covadonga como santuario, fue escrito en Bruselas en 1635
primer-grabado-virgen-covadonga Primer grabado de la Virgende Covadonga.

Covadonga, Centenarios 2018

 

El que se considera hasta ahora el más antiguo documento escrito y específicamente dedicado a Covadonga como santuario, fue escrito en Bruselas en 1635, consta de 176 páginas y su autor fue Josephus Geldolphus van Ryckel. En su página 15 aparece -por vez primera en la historia- un grabado de la que, se supone, sería la imagen de la Virgen de Covadonga, sin prácticamente ningún parecido con la iconografía tradicional que se le atribuye.

Josephus Geldolphus era de ascendencia noble y nació en 1581 en el Castillo de Oirbeek (Bélgica). Cursó estudios en Lovaina y entró en su adolescencia en la abadía de Tirlemont, en la cual cursó estudios de filosofía y teología -entre otros- y, tras recibir las pertinentes órdenes religiosas, acabó siendo nombrado abad en Santa Gertrudis de Lovaina en 1626, donde pasó el resto de sus días hasta su muerte en 1642.
Escribió especialmente sobre la vida de varios santos, en aquellos tiempos en los que Bélgica pertenecía al Reino de España, cuando el imperio español estaba ya en una notable decadencia bajo Felipe IV, con la Guerra de los Treinta Años que marcó el futuro de Europa en los siglos posteriores.

El autor dedicó este libro -escrito en latín- al tercer marqués de Aytona, Francisco de Moncada, un militar al que el Conde-Duque de Olivares  envió como diplomático a los Países Bajos en 1622, después fue embajador y, por último, gobernador interino.

Se supone que a través de la amistad del abad con el marqués de Aytona, le llegarían al primero noticias de Covadonga, y a la “Cueva de la Beatísima María de Covadonga” dedica el contenido del libro, explicando su historia y haciendo continuas alusiones a Pelayo y a su gesta. Como buen abad, atribuye a la ayuda divina su triunfo sobre los moros y va narrando lo sucedido en España desde Rodrigo -el último rey godo- hasta Pelayo, hijo de un jefe cántabro y esperanza de libertad para los cristianos, desde el Monte Auseva.

El libro va narrando diferentes episodios, unos reales y otros imaginados (como el paso de Santiago por Asturias), diversas acciones de Pelayo, el origen del Reino de Asturias, con el listado de sus reyes, el traslado de la corte de Oviedo a León, así como aquellas victorias cristianas que se produjeron en otros lugares, pero similares a la encabezada por Pelayo.

Por otra parte, en Toraño se encuentra una casona de estilo barroco datada en el año 1701, mandada levantar por el abad de Covadonga don Pedro González Toraño, que fue abad de este santuario desde 1689 hasta 1711 y que era natural de este pueblo parragués, a la orilla del Sella. Fue, también, Caballero de la Orden de Santiago, capellán de honor de Felipe V y consejero de Hacienda, además de catedrático en Salamanca.
Esta casona de planta rectangular situada en Toraño fue, posteriormente, de los Asón-Uría, y presenta fábrica de mampostería, utilizando el sillar en esquinales y vanos.

El edificio ha sido profundamente restaurado en 2011. Toraño pertenece a la parroquia de San Martín de Margolles, pero está situado en el concejo de Parres.

Cuando don Pedro González Toraño era abad de Covadonga, presentó un documento a la Junta de Ministros de 1708, en el que dejaba constancia de la forma de vida e ingresos de los canónigos del santuario de aquel tiempo.
En 1708, según una Real Cédula del citado rey Felipe V, se le concedió al Coto de Covadonga el privilegio de no estar comprendido en el mayorazgo del Príncipe de Asturias.

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Los pocos peregrinos que acudían al santuario dejaban unos doscientos reales al año, pero los canónigos también recibían otros ingresos por la escanda, panizo, vacas, hierba, etc., hasta aproximadamente unos sesenta reales. Sumaban, además, la mitad de los dos reales de estipendio que percibían por las misas que celebraban en el santuario cada día, aunque una cuarta parte se la entregaban al abad. La Riera y Llerices estaban bajo el control de los canónigos, y sus sesenta vecinos trabajaban en su mayoría para el cabildo. El abad disponía de un alcalde, un comendero y un escribano en dichos núcleos rurales, así como en el priorato de Carrandi, (en Colunga) con sesenta ducados, con su iglesia de San Justo.

Sumaban doscientos cuarenta y cuatro ducados anuales por fincas, árboles frutales y, especialmente, por los tres molinos que tenían en Covadonga y otros lugares.

Administraban cinco pozos de salmones (el documento no dice dónde), una cabaña con veinticinco vacas, además de dos beneficios simples de las parroquias de Sta. María de Cangas de Onís y de La Riera. Curioso es saber que cada labrador debía abonar diez y ocho reales cuando moría el abad.

En el concordato que firmaron Isabel II y el Papa Pío IX se hizo constar que Covadonga dispondría de un abad, dos canónigos de oficio, más otros ocho “de gracia”, seis beneficiados, magistral y doctoral, y a los canónigos se les concedió el uso de traje de coro similar al que usaban los de la catedral ovetense.

 

Los ingresos del Santuario de Covadonga

 

Doscientos ochenta y cinco años después (en 1993) los estipendios por misas en Covadonga fueron de 4.110.000 pesetas; 3.231.000 pts. los ingresos por colectas; 38.351.000 pts. generaron las ofrendas; 4.000.000 se ingresaron por las entradas al museo, pero -con abismal diferencia- los ingresos más cuantiosos fueron los 194.380.000 pts. de la expendeduría o tiendas del santuario.

Fran Rozada es el Cronista Oficial de Parres.

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