opinion | LUCIANO HEVIA NORIEGA

Compañero

  • No hay demasiado consuelo posible ante partidas prematuras de personas queridas, como la de Ramonín Villar
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Compañero Ramón Villar

 

Un cuarto de siglo de militancia da para compartir experiencias con muchos compañeros, bastantes de los cuales acaban convirtiéndose en amigos, si no lo eran ya antes. Otros, en cambio, no llegan nunca a acceder a ese sagrado altar de la amistad, porque las afinidades ideológicas no siempre vienen, afortunadamente, acompañadas de otras enraizadas en territorios menos sometidos a vaivenes. Pero solo unos pocos pasan a formar parte capital de tu vida.

En la muerte de Ramón Villar los medios se han apresurado, justamente, a glosar y hacer hincapié en su trayectoria política y sindical, plagada de hitos. Es normal, dada la proyección pública que los cargos otorgan y la dimensión de los logros obtenidos: concejal, teniente de alcalde, alcalde en funciones... Ramón, con su liderazgo, condujo a nuestra organización a las mayores cotas jamás alcanzadas por un partido de la izquierda alternativa en la comarca oriental y en mi cara asoma una sonrisa de oreja a oreja al recordar el “¡Toma!” (seguido de alguna imprecación no publicable) con el que celebré desde una habitación de hotel en Praga los tres concejales de aquel lejano mayo de 2007 cuando la buena nueva me fue comunicada telefónicamente.

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Ramón Villar, en una imagen de archivo.

Su trabajo, muy especialmente en el área de Deportes, está trufado de notables consecuciones, pero muy por encima de su faceta institucional u orgánica refulge con más brillo si cabe la parte humana, difícil de disociar de la anterior, ya que buena parte de las virtudes esgrimidas son comunes: generosidad, altruismo, vocación de servicio, rectitud, defensa de los más desfavorecidos... Y una que yo apreciaba mucho: su divertida socarronería, que comenzaba con una mordaz mirada mientras se echaba ligeramente hacia atrás justo antes de lanzar la frase punzante que te dejaba noqueado.

Centenares de recuerdos y anécdotas se agolpan en mi cabeza: interminables reuniones entre nubes de humo en el cuchitril que tuvimos por primera sede, viajes por la geografía asturiana explorando modelos extrapolables a nuestro municipio, juergas diurnas y nocturnas (o de las que empezaban diurnas y terminaban nocturnas) repletas de risas, discusiones y discrepancias a la hora de abordar actuaciones que habían de resolverse democráticamente so pena de eternizarnos en el debate... En mi papel de Pepito Grillo bastantes veces me tocó capear con las legítimas críticas de quienes me afeaban mi empecinamiento, pero Ramón jamás exhibía atisbo de rencor alguno y si le hacía alusión, a modo de disculpa, a alguna posible impertinencia en que mi obstinación me hubiera hecho caer le quitaba importancia con un gesto y pasaba a otro tema.
Mi madre conserva un cartel electoral cuya foto se empeña cruelmente en señalar las demasiadas y muy prematuras ausencias de tanta gente apreciada: Nandi, Rosa, Ramón... Como dejó escrito Gil de Biedma, a mí tampoco me gusta el considerable fardo de escepticismo que la edad me ha echado encima, pero si algo me ha mantenido fiel a mis convicciones por encima de desencuentros o flaquezas varias es la fortuna de haber conocido y caminado al lado de personas junto a las cuales la palabra compañero cobra todo su sentido y significado.
No hay demasiado consuelo posible ante partidas prematuras de personas queridas (y unas cuantas llevamos en el pueblo en los últimos meses), más allá de priorizar lo cualitativo sobre lo cuantitativo y felicitarnos por haber podido compartir parte de nuestra vida con ellas. En lo que a mí respecta ha sido todo un placer y un honor seguir siendo para ti, pasados los 40, Lucianín, del mismo modo que tú siempre fuiste para mí Ramonín. Intentaremos mantener encendida la llama, compañero.

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