opinion | LUCIANO HEVIA NORIEGA

El villano y los trincones

  • ¿Dónde estaban y qué hacían todos estos miserables que ahora reniegan y dicen casi ni conocerle (a Villa)?
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Hay muchos ejemplos de lo poco que pinta Asturias en el panorama informativo nacional, algo a lo que ni siquiera la presidencia de la Gestora del PSOE por parte de Javier Fernández ha venido a poner remedio. Algunos hasta daríamos por bueno el peculiar orden de prioridades de nuestro gobiernín, anteponiendo los intereses de partido a los inherentes al cargo por el que les pagamos, si ello conllevara una mayor visibilidad como territorio y una mayor atención a nuestros problemas endémicos. Pero, ni por esas. Tanto es el desinterés que ni los casos de corrupción autóctonos gozan de un tratamiento homologable al de otros similares, pero más mediáticos. Ya se vio con el mal llamado Caso Renedo y vuelve a pasar con el affaire Villa, que solo provoca reacciones aquí, pese a reunir rasgos propios de la más comercial de las telecomedias, si no fuera porque puta la gracia que nos hace a los que corremos con los gastos del festín.

Pero, más reseñable que la palmaria indiferencia que despiertan nuestros asuntos una vez cruzado El Negrón es la conducta, muy arraigada por estos y otros lares y asaz despreciable,  consistente en escurrir el bulto de cualquier corresponsabilidad a cargo de toda la caterva de trepadores que han medrado a la sombra del gran depredador, participando, por acción u omisión, del saqueo y ocupando cargos que ni en el mejor de sus sueños hubieran imaginado si de valorar méritos se tratara.

Nuevamente el caso Villa vuelve a ser paradigmático, ya que una vez convertido este en un vulnerable anciano un tanto gagá, todos sus conmilitones corren a hacer leña del árbol caído. Esos mismos que hasta hace cuatro días eran su guardia de corps y alzaban la voz (y algo más que la voz) si alguien osaba cuestionar al Adorado Líder. Los mismos que dicen no conocer, no saber, no recordar… Ahora todo es no, cuando antes nunca encontraban ese monosílabo en el diccionario a la hora de obedecer instrucciones dudosas de las que se beneficiaban. El trecho que va de la genuflexión y la lisonja a la negación lo han recorrido en bastante menos tiempo del que tardó la especie humana en pasar de reptar a caminar erguida, aunque algunos aún no se hayan enterado.

Otros, en cambio, no necesitamos ningún juicio que nos confirme o desmienta lo que la villanía villista ha significado para Asturias, independientemente del deber legal de aclarar el origen de su fortuna. Ojalá todo el daño causado se redujera a ese dinero presuntamente extraviado y al lucro personal de unos pocos (o no tan pocos). Pero no, el daño es mucho mayor: años poniendo y quitando a antojo a los encargados de diseñar las políticas erradas padecidas, años de dilapidación de recursos públicos en ocurrencias inanes, años tirados a la basura que no se han aprovechado en buscar alternativas a modelos productivos obsoletos… ¿Y solo Villa es el culpable de todos estos desmanes? ¿Dónde estaban y qué hacían todos estos miserables que ahora reniegan y dicen casi ni conocerle? Me gustaría ser capaz de tener con esta gentuza la flemática actitud del Rick de “Casablanca”, que ante la pregunta de Ugarte sobre si le despreciaba contestaba aquello de “si pensará en ti, probablemente sí”. Pero no puedo, porque yo sí pienso mucho en ellos. Y, algunas veces, hasta en sus madres.

Luciano Hevia Noriega

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