opinion | GONZALO BARRENA

Eroski Paraíso

  • Repaso al tardofranquismo en el Teatro Auditorio de Pola de Siero
eroski-paraiso-teatro-pola-de-siero Una de las escenas. FOTO de Matteo Bertolino.

Teatro Auditorio de Siero

 

El pasado viernes 13, el grupo gallego Chévere repasó en hora y media la historia cutrelux de la España tardofranquista. El título del espectáculo, una “película teatral” de innovadora estética, recoge el principio y final del tiempo representado: la sala de fiestas “Paraíso” y la gran superficie de alimentación en la que acabó convirtiéndose. Es la historia de ese siglo que se despide demasiadas veces -con Franco, la movida, la píldora, Internet, las Redes- y nunca termina del todo.

La puesta en escena tuvo lugar en el Auditorio de Siero, un equipamiento excelente del que los polesos quizá no sean conscientes del todo, pues permite mantenerte en el paraíso oriental y evitar el centro salvaje de la región. Dentro de su impecable acústica, los gallegos sintetizaron ese tercio final del XX que nació con el gusto bizarro de la sociedad emergente y sobre el que no cabe un elogio mayor que “era el de la época”. Quienes bailamos “a lo suelto” debajo de la bola-disco, confundidos por la psicodelia luminosa y las hormonas del final del franquismo, crecimos con un atrevimiento tan rampante como la arquitectura de El Berrón. Todo era desmedido durante el otoño del General.

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                                                                                                                                                  FOTO de Matteo Bertolino.

Y justo ese ambiente fue el que interpretaron tres actores sobresalientes: Miguel de Lira, Cristina Iglesias y -repartiendo a mansalva hostias de escepticismo- Patricia de Lorenzo, que “bordó” en metáfora todo lo que cosieron, fregaron, lavaron y limpiaron las primeras generaciones sin tantos hijos, a las que el sistema proveyó de anticonceptivos para exprimirlas fuera de casa también.

De aquellas mujeres que comenzaron a liberarse, pero nunca de horario, estudiaron algunas; y muchas comenzaron a sumar, a las de casa, labores fuera del hogar. El concepto multitarea nacía también cosido al género. Esa es la razón que otorga a Patricia el peso de la obra, una sátira agridulce sobre el fulgor con el que entraba -una mujer de aquellas- en el “paraíso” efímero de luz y cubatas para salir despedida, inmediatamente después, a tener hijos y empleo. Porque las Salas de Neón cegaban a las chicas de los 70, provocándoles la fiebre con embarazo del sábado-noche, durante unos años con algo de rock, no mucho sexo y el alcohol todavía como droga oficial. ¿Cómo puede hablarse de transición si a mitad de le década muere el general pero persiste durante lustros el tufo a sintasol y souvenirs, tras las primeras excursiones en coche propio, con mucha intención en vanguardia y un perro muerto que cabeceaba en la bandeja de atrás de los automóviles. 

En medio de ese imaginario, rancio sobre nuevos materiales, Miguel de Lira vuelve una y otra vez a convocar la risa, entonces y hoy la mejor arma del pueblo para defenderse de las fuerzas del orden. Un antiguo profesor suyo me contó que, cuando aún era estudiante de bachillerato, resultaba imposible sacarlo al encerado y que la clase continuase en serio. El actor llevaba con él ese talento para el que las dictaduras en decadencia o ridículo, como la de entonces, son una auténtica mina. En la obra presente, Miguel de Lira encarna el rol de padre inmaduro, retro-masculino, con una autoestima inversamente proporcional a la de la “esposa”, por lo que a Cristina Iglesias, la hija, le sale sin quererlo una película-verité, con su madre muerta de risa cuando le pide que sea ella, que no interprete, clavando en un castellano hilarante, con acentazo de Muros: ¿Cómo quieres que sea yo misma, si nunca lo pude ser?.

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                                                                                                                                                 FOTO de Matteo Bertolino.

De hecho, en aquellos tiempos en los que el pasado aún no había muerto y el sexo se practicaba en parkour, a salto de mata sobre la moralina ambiente o bailando incluso sobre tu tumba, querida España, hubo muchos actos como el de Aguántame aquí, bilingüe heavy del I Want to Break Free. El público se desternillaba por empatía, sobre todo los que, en las mismas fechas y encendidos de pasión, salían de la “Disco” con el VIH pisándoles los talones como a Freddie, noches de pista y asientos de skai sobre los que aún continuará pegado el sudor, la menta derramada y demás tipo de fluidos; domingos de Samoa y Ventura, fecundas noches de Lóriga y genitivo sajón como el del Pipol´s, sábados retro en el Toype y madrugadas veraneantes en la sala Dover, cerca del mar. Afortunadamente, aquellas tendencias que marcaron el Asturian way of life solo han resultado hereditarias en la puta tele y sus replicantes.

Entre los actores, un abuelo tácito y senil deambulaba con cierta picardía entre los productos, sin acordarse bien de lo perpetrado, como los reyes eméritos. La transición.

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