opinion | ISOLINA CUELI

Las estrellas de la cara Sur de El Sueve

Campo Viejo y Nacho Manzano. Campo Viejo y Nacho Manzano.

La montaña de El Sueve tiene dos caras bien delimitadas: la Norte, que mira al mar Cantábrico y las playas de Colunga, Caravia, incluso Ribadesella y hasta la Ría de Villaviciosa; y la Sur, más soleada, que se encara a los Picos de Europa, con el valle de Parres a sus pies. Esta ladera del Sueve orientada al mediodía también tiene su propia iluminación nocturna, me refiero al brillo que le dan las tres estrellas Michelín que lucen en la zona: dos de Nacho Manzano en Casa Marcial (La Salgar) y una de José Antonio Campo Viejo en El Corral del Indianu (Arriondas).

Esta columna nació con vocación de dar voz a los sin voz. Hoy, no obstante, quiero reconocer el esfuerzo de estos cocineros que tienen su propio altavoz, cuyo eco lleva a Parres y Asturias por todo el mundo. Pero a esa atalaya, tan alta como el Picu Pienzu, que corona El Sueve, no se llega sin esfuerzo y, el esfuerzo y la excelencia, que supone dejarse las pestañas en los fogones, también merecen unas líneas de apoyo y de ánimo para que no cejen en el intento de seguir adelante.

Dijo Salvador Dalí en 1969 que “El fin del arte es lograr que lo habitual tenga apariencia de nuevo”.

Y eso es precisamente lo que hacen los cocineros de la falda Sur de El Sueve. Nacho Manzano convirtió en pitu de caleya el arroz con pollo, un plato de toda la vida en Asturias, que se comía los días de fiesta, y, además, lo sitúa como referencia internacional.

En su mesa te deja sin palabras lo que puede dar de sí la sardina, el bacalao, la alcachofa o el perejil licuado.

Arte es que te quedes con la boca abierta cuando te sirven los dulces en un gachapu, el artilugio de madera ahuecada, que conservaba el agua y en el que los segadores llevan la piedra de afilar la guadaña. Es lo de toda la vida, pero parece nuevo. La piedra era de un chocolate sublime.

A Manzano y a Campo Viejo los conocí en el año 1996 cuando empezaban a labrarse su futuro, pero ya apuntaban maneras y ya se les veía venir con mucha fuerza.

Ellos y su esfuerzo son el valor añadido que necesitan Asturias y España. Gente con tesón, con imaginación y con ganas de trabajar y contagiar su entusiasmo a los demás. Las envidias las dejamos aparte.

Yo les reconozco también el mérito de conseguir que clientes de todo el mundo se gasten el dinero sin reparos y crucen océanos para probar sus menús, su carta y, en definitiva, sus creaciones y su trabajo. 

En la última semana tuve ocasión de degustar la cocina de Nacho Manzano en Casa Marcial (La Salgar) y en  Ibérica Victoria, una de las cinco que hay en Londres, estilo Casa Gloria (Oviedo). Dos conceptos muy distintos. El primero más selecto y el segundo, con muchísimo éxito, más popular y a precios más competitivos, hasta el punto que llenan todos los días en una plaza tan difícil como es la capital británica. 

A Nacho también le reconozco el mérito de que se arriesgue a servir un menú de muchos euros en una mesa sin mantel y los comensales lo acaten como decisión original del chef. Cuando comía el arroz con pollo de mi madre el día de fiesta, no faltaba el mantel, que siempre me pareció un lujo frente a una mesa desnuda, por muy buena madera que tenga.

Aprovecho para destacar el gasto que hacen en lavandería en otros sitios más modestos, como La Venta de Valloberu (Villaviciosa), donde te sientas a una mesa con mantel de hilo y servilletas a juego para comer un menú de 12,5 euros, con bebida incluída

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