opinion | JOSÉ LUIS DÍAZ

Los de 50

Asistentes a la cena de viejos amigos del Cobayu. Asistentes a la cena de viejos amigos del Cobayu.

Nos reunimos por primera vez después de muchos años. Algunos nos vemos a diario, pero otros sólo de tarde en tarde y durante acaso unos minutos, o de pasada, o de lustro en lustro, que al final son décadas. Y si no hubiera sido por este evento tal vez nunca.

Éramos unos críos que nos criamos en un barrio a la orilla del Sella: El Cobayu, allá por 1968. Echamos a andar y como dijo el poeta se fue haciendo camino. Y eso mismo hicimos: unas veces acertamos y otras nos equivocamos. En definitiva vivimos.
Algunos faltaron porque la vida es así. Otros no vinieron por circunstancias variadas. Pero nos juntamos a cenar aquella rapacería del barrio y el objetivo se cumplió: vernos, sentirnos como antes (con más arrugas y canas), charlar y recordar por unas horas que formamos un barrio (de 224 viviendas) muy especial. Incluso, cómo no, cierta nostalgia nos invadió a todos. Pero ¡¡qué es la nostalgia sino la poesía de la memoria!!
Si en los planes de la naturaleza humana estuviera la posibilidad de vivir dos veces, todos los que estuvimos en esa cena, sin excepción, repetiríamos nuestra infancia y adolescencia en el mismo barrio y con la misma gente. Todos tuvimos, en aquellos maravillosos años, un contexto social y económico similar. Y todos vivimos inmersos en aquella transición que ahora está en boca de todos, a estribor y babor. En el Cobayu aprendimos que ser niño, a veces, sólo consiste en esperar a hacerse mayor. El sábado pasado aquellos críos supimos que, entre nuestra infancia y hoy, crecimos.
Viva el Cobayu porque ha dado muy buena gente.

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