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Kike Rivera y Juan Luis López, históricos municipales cangueses, ya están jubilados

  • "Los años 80 eran otros tiempos y nadie tenía muy claro hasta donde llegaba la autoridad"

El Fielato y El Nora, 23 Enero 2019

Kike y Juan Luis frente al ayuntamiento cangués

Policía Local Cangas de Onís

 

Los policias locales de Cangas de Onís, Kike Rivera y Juan Luis López, estrenan jubilación

 

«En aquellos años hacíamos de todo: abríamos y cerrábamos las llaves generales del agua, éramos carceleros, pesábamos los gochos y xatos en el mataderu...»

Comenzaron patrullando en un Renault 4L, un “Cuatro latas”, y acaban de jubilarse a los pocos meses de estrenar otro modelo de la marca del rombo, un Kadjar. Desde entonces hasta hoy han pasado casi cuarenta años.

Enrique Rivera García, “Kike”, se incorporó a la Policía Local de Cangas de Onís un 5 de junio de 1980. Un año y dos meses después lo hacía Juan Luis López, cabo del cuerpo desde entonces. Los dos se despedían la semana pasada tras aprobarse el Real Decreto Ley que permite a los policías locales jubilarse  a partir de los 59 años, aplicando un coeficiente del 0,20% al número de años trabajado.
La profesión de policía local ha cambiado mucho desde aquellos ya lejanos años ochenta, y lo ha hecho en Cangas, como en el resto de los municipios.
Ni Kike ni Juan Luis han tenido que pegar un tiro estando de servicio, «sacar la pistola, alguna vez contada», recuerda López. En eso, en lo de llevar arma y estar bien equipados, también se ha evolucionado, porque cuando los dos empezaron a trabajar sólo había un par de pistolas en toda la plantilla de policías, «las que llevaban, Quintín y Alonsín», apuntan.

Paco, César, Juan Luis "el Cabu", Luis y Kike en una foto de los años 80.

 «Antes hacíamos de todo: durante mucho tiempo nos encargamos de cerrar por la noche y abrir por la mañana la llave general del agua, cuando escaseaba y hasta que se renovó la traída», recuerda Kike, «hacíamos de carceleros», por entonces en Cangas estaba el depósito de detenidos del Partido Judicial, en la antigua cárcel, «teníamos que darles la comida y con ella alguna pastilla tranquilizante que recetaba el médico. En una ocasión tuvimos a uno más de un mes detenido, pero resulta que salía al tejado a tomar el sol –era verano– y un día lo encontramos bañándose en el Puente Romano. Eran otros tiempos y nadie tenía muy claro hasta donde llegaba la autoridad.  Imagínate algo así hoy... Hasta nos encargábamos de pesar los xatos y los gochos que se mataban los lunes en el mataderu.».

Luis Miguel Ortiz “El Señoritu” (UCD), era el alcalde cuando los dos tomaron posesión. En aquella época se daba el parte de novedades al edil en la oficina de la Caja de Ahorros, donde trabajaba. Tras las elecciones de 1983 llegó a la Alcaldía José Antonio Vega Díaz, “Toño”, (AP) y con él llegaría el primero de los grandes cambios en el seno de la Policía Local canguesa: el del sueldo. «Kike ganaba 24.000 pesetas al mes y yo 30.000, pero estamos hablando de que por entonces la renta de un piso costaba 15.000» rememora “El Cabu”, «no era un chollu trabajar de policía y nos jugábamos el tipo». Con Toño de alcalde, la plantilla vio como la nómina subía un 50% de golpe, «presionamos y lo conseguimos».

Casi cuarenta años dan para mucho: anécdotas, vivencias, desgracias.... «A mí –dice Kike– me tocó atender un parto. Una embarazada que la ambulancia trasladaba desde Cabrales hasta Oviedo paró en Cangas porque el críu ya salía.  Terminó dando a luz en una habitación del hotel Ventura, gracias a Meyuca que nos abrió las puertas de par en par». Los robos, todas las noches en los bares para reventar las tragaperras, estuvieron a la orden del día en aquellos años ochenta y noventa, cuando la heroína envenenó y mermó a toda una generación. «No conseguíamos pillar a nadie, hasta teníamos las llaves del Torreón para estar dentro parapetados y controlando, pero no había forma», recuerdan los dos. Aquellos fueron también años de luto por las numerosas muertes de jóvenes en accidentes de tráfico, «aún me apena recordar a todos los que murieron entre el Orbayu y Cangas».

Luego, en plenos años noventa llegó la explosión del turismo y con ello «estar cinco horas de pie, dirigiendo el tráfico en el cruce del “Puente Romano”, con aquellas interminables caravanas que llegaban hasta Arriondas. Recuerdo un día de la Vuelta Ciclista, que se habilitaron los dos carriles de la carretera para bajar desde Los Lagos hasta Arriondas. Pero si hay una cosa con la que me quedo de estos años –asegura Kike– es que nunca me atropellaron a un críu en los cruces del Colegio».

Los dos quieren aprovechar este hueco en las páginas de EL FIELATO para dar las gracias «a todos los compañeros con los que hemos compartido labor a lo largo de estos años».

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